STANPA
Eduardo Montagner Anguiano
Chipilo -oficialmente Chipilo de Francisco Javier Mina- es una
comunidad ubicada a doce kilómetros de la capital de Puebla, al
suroeste, entre Cholula y Atlixco. Se encuentra a una altitud de
2,150 metros sobre el nivel del mar y pertenece al municipio de San
Gregorio Atzompa. Su superficie abarca alrededor de 600 hectáreas y
cuenta con poco menos de 3000 habitantes, en su mayoría descendientes
de italianos. Aún hay gran número de chipileños sin mezcla racial con
mexicanos; otros son mestizos y hay también gente foránea que vive en
Chipilo sin tener lazos sanguíneos de origen italiano .
Las características físicas que distinguen a los chipileños de
quienes los rodean son las típicas que encontramos entre los
pobladores de la Italia del norte: piel blanca, con tendencias a lo
rubicundo; cabello rubio, castaño, pelirrojo o negro; ojos azules,
verdes o cafés; estatura de, entre 1.70 y 1.80 metros.
ZONAS DE ORIGEN
Los inmigrantes llegados a Chipilo eran originarios de la Región del
Véneto, ubicada al norte de Italia. Nacieron en las provincias de
Treviso y Belluno.
Durante los años de la emigración italiana, había en América un
criterio de selección para reclutar inmigrantes italianos: debían ser
del norte.
APELLIDOS
Los chipileños constituyen en México una minoría étnica no reconocida
oficialmente, que presenta rasgos etnoculturales propios y
distintivos.
Contando los apellidos italianos que aparecen en las listas de los
emigrantes entre 1882 y 1889, tenemos poco más de 130 apellidos
distintos. Algunos de éstos figuraban en segundo grado porque eran
mujeres casadas las que los tenían. Haciendo un recuento de lo que se
consignó en las listas de los emigrantes, conocemos 48 apellidos
traídos por mujeres y 86 traídos por hombres. Durante la primera
mitad del siglo XX, los apellidos más vitales -los de cada jefe de
familia- eran aproximadamente 43. Luego hubo casos de algunas
familias que salieron de la colonia (los Bertoni, Pasquali, Padovani,
Zoletto, por ejemplo), mientras que otros apellidos fueron
desapareciendo con el tiempo (como es el caso de los Romani, pues hoy
en día solamente algunas mujeres lo llevan en primer grado).
Actualmente en Chipilo hay sólo 29 apellidos vitales, con
posibilidades de transmisión generacional: Son los siguientes:
Bagatella, Barbisán, Berra, Bortolini, Bortolotti, Bronca, Colombo,
Crivelli, Dossetti, Galeazzi, Lavazzi, Martini, Mazzocco, Merlo,
Minutti, Mioni, Montagner, Orlansino, Piloni, Précoma, Salvatori,
Sebenello, Simoni, Spezia, Stefanoni, Vanzini, Zago, Zanella y
Zecchinelli. Otros, como el Melo y el Facinetto, tienen
comparativamente pocos portadores en Chipilo.
HISTORIA
La existencia de Chipilo se debe al proyecto de colonización
desarrollado en México durante el periodo del Porfiriato, y
particularmente a la ley del 31 de mayo de 1875. Los colonos europeos
eran traídos por la Secretaría de Fomento, Colonización, Industria y
Comercio.
A finales del siglo XIX se vivía en América una especie de ansia
colonizadora y, en particular, América Latina volvía sus ojos hacia
Europa, con intenciones de poblar su territorio trayendo extranjeros,
varios de los cuales eran italianos. México no fue la excepción.
Zilli Mánica en su libro Italianos en México rastreó documentos de
la época y halló que muchas veces los mexicanos se enorgullecían
cuando los europeos decidían radicar en México y no en Argentina o
Brasil, como era costumbre. También nos dice que en un momento este
proyecto de colonización fue realmente ambicioso -se pensaba traer
miles de italianos- pero después, por problemas en el diseño de dicho
proyecto, y a causa de la Revolución, los italianos traídos fueron
abandonados a su suerte y la idea de la colonización se suspendió.
De este modo, llegaron colonos italianos a Veracruz (Colonia Manuel
González), a Morelos (Colonia Porfirio Díaz), al D.F. (Colonia La
Aldana), a San Luis Potosí (Cd. del Maíz) y a dos regiones de Puebla
(en Mazatepec la colonia Carlos Pacheco y en Chipilo la colonia
Fernández Leal). De todas éstas, la única que se mantiene sólida
hasta hoy es la de Chipilo. Los otros colonos se disgregaron, se
mezclaron y perdieron lengua, costumbres y demás rasgos distintivos.
Hay dos grandes vertientes que nos explican los motivos por los
cuales Chipilo existe hoy. Una hay que buscarla en Europa: Italia se
había unificado en 1866, apenas dieciséis años antes de que los
italianos que formaron Chipilo fueran invitados a México. Esto
explica muchas cosas: los antepasados de los actuales chipileños se
dedicaban a labores rurales y la Italia de esos años sufría
constantes crisis agrarias. Entonces la perspectiva de ir a poblar
una zona extranjera bastante alejada, un lugar que se conocía sólo
con el nombre genérico de Mérica, era una opción ante las
circunstancias de esos tiempos. Y la otra razón hay que buscarla
justamente en México: en esos tiempos, México vivía un desarrollo
social burgués más anhelado que real; el país estaba en la etapa del
afrancesamiento y los indígenas eran marginados en la vida social de
la nación, de modo que poblar el campo mexicano con campesinos
europeos se consideraba la mejor decisión. Italia estaba apenas
unificada, reconociéndose a sí misma y descuidaba algunos aspectos de
su suelo nacional y México deseaba europeizarse (hay estudiosos
mexicanos que denuncian las políticas de blanqueamiento que desde el
pasado, y aun hoy existen en el país). Italia dejaba salir a sus
campesinos por el mundo y los representantes de México en el
extranjero decían que no tenían suficiente gente de campo y que les
sobraban tierras. Esto, por supuesto, estaba lejos de ser verdad.
Fue el 2 de octubre de 1882 cuando por fin llegaron alrededor de 530
italianos a las ex-haciendas de Chipíloc y Tenamaxtla -aunque el
aniversario de la emigración se celebra el día 7 de octubre: día de
la Virgen del Rosario -, ex-haciendas que estaban abandonadas y que
eran usadas por bandoleros para atracar a quien pasaba por ahí.
Aunque se conservan las listas de ingreso de los colonos de esa
época, es difícil determinar cuántos eran realmente porque había
nuevos ingresos y también deserciones, y no todo se anotaba en papel
(sin contar los errores de los secretarios). Agustín Zago Bronca , el
cronista de Chipilo, cree que había 529 italianos y 39 mexicanos en
Chipíloc en 1882.
Casi todos los italianos fueron hacinados en el casco de la
exhacienda, mientras con sus propias manos construían sus casas en
los terrenos que el gobierno mexicano les había dado. Se dice que no
era Chipilo el lugar destinado a los italianos, sino una zona de San
Martín Texmelucan (San Bartolo Granillo), pero que mandos intermedios
decidieron otra cosa y entonces los inmigrantes fueron enviados
finalmente a Chipíloc. Sea como haya sido, lo cierto es que los
italianos no encontraron las pródigas tierras que les habían sido
prometidas y por las que habían dejado su país, sino que tuvieron que
sufrir grandes privaciones a fin de sacarles algún provecho. Hubo
muchos que desertaron de la colonia y se establecieron en otras zonas
del país o incluso fuera de México; algunos regresaron a Italia, pero
la mayoría tuvo que quedarse en Chipíloc. Son tradicionales en la
comunidad algunas anécdotas de esos años funestos en los que no se
tenía casi qué comer y en que casi ni el trabajo excesivo aportaba
beneficios.
Los italianos habían sido traídos a México, pero no les resultaría
gratis: tendrían que ir pagando con lo que su propio trabajo les
fuera proporcionando. Existen listas en las que el gobierno anotaba
la producción de maíz, trigo y frijol que los italianos cosechaban.
De ese tanto, se tenía que pagar determinada cantidad al gobierno.
También hubo un tiempo en que los italianos se vieron forzados a
prestar sus servicios como jornaleros en haciendas alejadas de
Chipíloc.
Con la llegada de la Revolución Mexicana, los dirigentes políticos de
la colonia Fernández Leal olvidaron el proyecto -ya que Porfirio Díaz
había mandado traer a los inmigrantes y era a él a quien se pretendía
derrocar- y entonces los italianos tuvieron que enfrentar por sí
mismos los retos que imponía el nuevo país.
El periodo de la Revolución afectó también a las familias italianas a
través de saqueos y maltratos. Los seudo-zapatistas que llegaron a
penetrar en la comunidad deseaban robar comida, dinero y llevarse a
las güeras. Si se toma en cuenta que en esos tiempos la mayoría de
los chipileños eran de nacionalidad italiana, y que por lo mismo muy
poco entendían de los motivos de las revueltas nacionales, se
comprende con facilidad que tales turbulencias hayan sido una de las
causas más determinantes para provocar que la comunidad se cerrara
sobre sí misma durante los siguientes años. Además, no hay que
olvidar que el grupo de inmigrantes se encontró con un gran engaño al
llegar a México y que tal impacto tuvo que haber provocado
sentimientos muy complejos en la colectividad.
Se produjo un enfrentamiento armado entre los zapatistas y los
italianos el 25 de enero de 1917, combate del que los italianos
salieron victoriosos. Chipilo fue el único pueblo de la zona que
repelió con éxito el ataque.
Durante la primera mitad del siglo XX, y gracias a los adelantos en
los rubros de la tecnología y las comunicaciones, Chipilo incrementó
su producción de lácteos y derivados perfilándose como una de las
zonas que más empleos brindaban a los indígenas de pueblos cercanos.
Durante el periodo comprendido de 1924 a 1941, Italia emprendió
acciones propagandísticas del gobierno fascista y de la italianidad.
El renombrado poeta Gabriele D’Annunzio fue patrocinador de la
Società Italo-messicana, como parte de los programas de expansión del
pensamiento fascista. América Latina, con su gran cantidad de
emigrantes italianos, se convirtió también en un punto
propagandístico estratégico. Fue así como, entre las misiones
emprendidas por el gobierno fascista, el embajador extraordinario
Giovanni Giuriati -con 700 personas más- llegó a México a bordo de la
Nave Italia en 1924 y visitó las colonias de italianos. El estudioso
Franco Savarino -de la Escuela Nacional de Antropología e Historia-
escribe así sobre la visita de estos camisas negras a Chipilo:
La etapa culminante del viaje fue la visita a la mayor colonia
italiana en México: Chipilo, situada cerca de Atlixco, a pocos
kilómetros al sur de Puebla. La excursión había sido preparada en
detalle por el cónsul italiano en Puebla, Carlo Mastretta. Los
italianos se dirigieron en automóvil hacia la pequeña aldea de
agricultores de origen véneto, a duras penas, pues el lodo atascaba
la angosta vía. De Chipilo llegó entonces un grupo de jinetes que
logró liberar a los coches y los escoltó hacia el pueblo. Allí los
esperaba una bienvenida triunfal bajo una plétora de banderas
tricolores y al grito multitudinario de Viva l'Italia! En el pueblo
tuvo lugar una ceremonia conmovedora que alcanzó su momento
culminante cuando Giuriati entregó a los chipileños una piedra del
Monte Grappa, la montaña sagrada al sacrificio de los soldados
italianos en la gran guerra. Una banda de música entonó la canción
fascista Giovinezza, que arrancó lágrimas de emoción entre los
huépedes, casi todos ex camisas negras y veteranos fascistas. Por
primera vez, los colonos veían con sus propios ojos una delegación
importante de italianos y se sintieron invadidos por una exaltación
nacionalista no menos profunda de la que experimentaron Giuriati y
sus acompañantes, al ver aquel reducto de campesinos italianos
perdido en la campiña mexicana.
¿Cómo no recordar la Colonia de Chipilo? [relataría más tarde
Giuriati]. En Chipilo mil vénetos intactos, de tres generaciones, han
construido un pueblo idéntico a los de la llanura de Treviso y visten
como vénetos y hablan véneto y viven según las costumbres de los
antepasados y cultivan tierras fértiles según las enseñanzas de
nuestra experiencia y aman Italia con la conciencia pura de servirla
a los pies de las montañas mexicanas más y mejor que si se hubieran
quedado cerca del Monte Grappa, del cual parecen haber aprendido la
determinación heroica.
Además de Giuriati, el periodista y escritor Mario Appelius también
describió aspectos de la comunidad chipileña de esos años. Sin
embargo, al terminar la Segunda Guerra Mundial, estos movimientos
fascistas en México y en el mundo se suspendieron. De hecho, la
búsqueda del reforzamiento de la italianidad en comunidades como
Chipilo fue, al parecer, un intento por aprovechar la nostalgia que
los italianos emigrantes experimentaban por la lejana madre patria.
Por parte de los chipileños, más que una auténtica compenetración con
la ideología política del fascismo, debió existir un insatisfecho
deseo de reencontrarse con los orígenes.
Años más tarde, por la década de los 60, se produjo uno de los
cambios sociales que apuntalarían con mayor contundencia la hegemonía
del castellano sobre el véneto (y, de hecho, sobre la cultura
véneta): la entrada de la televisión, que transmitía no sólo
programas y canciones en castellano, sino también usos y costumbres
de la cultura oficial del país.
El último chipileño nacido en Italia murió en 1971, a los 93 años de
edad. Su nombre fue Giacomo Berra y llegó de Italia a los cuatro
años. Esto quiere decir que, de los 120 años de existencia de la
comunidad, en Chipilo hubo habitantes nacidos en Italia durante 89
años.
El 7 de octubre de 1982 se celebró el centenario de la fundación de
la comunidad. Llegaron grupos de italianos -entre ellos Flavia Ursini
(sociolingüista) y Mario Sartor (antropólogo), quienes un año después
publicarían en italiano un libro sobre Chipilo - y la comunidad quedó
hermanada con Segusino, de donde varios de los italianos emigrantes
partieron. Pocos años después del centenario, se produciría una de
las modificaciones sociales más inciertas en la historia de esta
comunidad: la introducción de la industria mueblera, que si bien
aportó en su momento beneficios económicos, alteró también varios
aspectos de la vida sociocultural.
EL VÉNETO CHIPILEÑO: LENGUA CONSERVADA A CONTRACORRIENTE
Dentro de los rasgos culturales que definen al chipileño, el más
importante quizá es la lengua véneta que se sigue hablando
cotidianamente en la comunidad. El véneto ha sido conservado por 120
años sin reforzamientos gubernamentales ni escolares, heredado por
vía étnica, aprendido oralmente, pocas veces escrito o leído, jamás
enseñado en las aulas, discriminado constantemente por los forasteros
que entran a la población, estudiado hasta ahora sólo por lingüistas
italianos, norteamericanos y alemanes, escasamente aprendido por
quien decide mezclarse con chipileños, desplazado por el español en
los medios de comunicación, en los propios documentos oficiales de
Chipilo, en misa, en las actas de nacimiento y en los epitafios de la
mayoría de los que habitan esta comunidad, pero siempre utilizado en
la vida cotidiana, con los padres, con los hijos, con los amigos.
El véneto chipileño, su grado de vitalidad, su dinámica de funciones
lingüísticas, constituye un fiel termómetro para intuir no sólo la
lealtad lingüística de sus usuarios, sino también la fuerza de la
identidad véneta en los chipileños. El véneto, entonces, constituye
el reflejo de la identidad de los chipileños.
El véneto es una lengua derivada del latín -como el italiano y el
español- con la diferencia de que no ha gozado nunca de las ventajas
de ser una lengua oficial o nacional. La variante lingüística a la
que pertenece el véneto hablado en Chipilo es la septentrional,
conocida también como variante feltrino-belunés.
Esta lengua neolatina es hablada no sólo en la misma Italia, sino
también en países cercanos a la península itálica (como Croacia y
Eslovenia), y también en Brasil, Estados Unidos, Uruguay. En cuanto
al caso de México, el véneto es hablado de manera comunitaria sólo en
Chipilo y en el seno de algunas familias originarias de Chipilo que
viven ahora en otras regiones (Atlixco, Querétaro, Guanajuato, D.F.).
Otras colonias de emigrantes vénetos han abandonado sus elementos
etnoculturales más propios, como es el caso de Huatusco, en Veracruz.
Curiosamente, tal vez a causa de este mismo abandono, en comunidades
de este tipo se observa un mayor prurito por recuperar los orígenes.
Pero, al ser generacional el canal de transmisión de la cultura
véneta, estas comunidades se ven imposibilitadas de recuperar su
lengua y entonces se orientan hacia la oficialidad del italiano,
hacia la promoción de eventos conmemorativos, a la fastuosidad que
celebra vínculos de orden más político o turístico que a una real
identidad viva y cotidiana. La situación que presentan estas
comunidades es una prueba evidente de que resulta mucho más fácil
adquirir una cultura oficial, nacional, masificada, que recuperar
elementos etnoculturales propios hundidos en el olvido por sus mismos
herederos.
Hoy el véneto de Chipilo es la lengua étnica de los chipileños. En el
panorama lingüístico italiano el véneto es una lengua minoritaria y
en México, además de continuar siendo lengua minoritaria, es también
una lengua de inmigración que no ha sido reconocida como tal. En este
sentido, el véneto se asemejaría, por sus condiciones
sociolingüísticas, al plautdietsch que hablan los menonitas.
Cuando los emigrantes vénetos llegaron a Chipilo, en 1882, los
pueblos indígenas mexicanos de los alrededores hablaban sus propias
lenguas indígenas. Esto trajo como consecuencia una mayor dificultad
de comunicación para los vénetos, pero pronto esos pueblos fueron
perdiendo sus lenguas y entonces los chipileños -sobre todo los más
jóvenes- empezaron a aprender castellano, pero sin perder su véneto.
Sólo mediante el uso del español fue posible comunicarse con los
alrededores.
El véneto chipileño posee características propias que lo diferencian
incluso del véneto hablado en las zonas de origen de los emigrantes,
debido sobre todo a la imposibilidad en cuanto a contactos
lingüísticos con otras variedades vénetas y, por supuesto, a causa de
que los neologismos y localismos en Chipilo son mexicanos, mientras
que los del véneto de Italia provienen de la cultura italiana. Debido
a la lejanía con el país de origen, varios italianos comentan que el
véneto hablado en Chipilo parece haberse conservado aún más que el de
la propia Italia.
El véneto, contra lo que muchos piensan, no es una derivación del
italiano , sino que más bien surge del latín, como todas las lenguas
romances. Podemos afirmar que el véneto chipileño está compuesto por:
a) una mayoría de vocablos etimológicamente semejantes a los del
italiano pero que se diferencian por la adición, caída o cambio en
alguno de sus elementos fonéticos. Ejemplo: italiano domani = véneto
domán (mañana), italiano tutti = véneto tuti (todos), italiano ridere
= véneto ríder (reír), italiano forse = véneto fursi (quizás).
b) un caudal de vocablos por completo distintos a los del
italiano oficial originados por diferente etimología latina o también
por contactos germánicos, eslavos, franceses y, por supuesto, como
derivaciones de la antigua cultura venética. Ejemplo: italiano
ricotta = véneto puína (requesón), italiano suocero = véneto misiér
(suegro), italiano temperino = véneto brítola (navaja), italiano
inciampare = véneto inganbarar (tropezar).
c) una cantidad menor de vocablos idénticos a los del italiano
oficial. Ejemplo: italiano vita = véneto vita (vida), italiano mondo
= véneto mondo (mundo), italiano nome = véneto nome (nombre).
d) una cantidad creciente de préstamos del español y una
restringida entrada de vocablos de origen indígena. Ejemplos:
manential (manantial), pulca (pulque).
En el véneto chipileño se mantienen casi todos los fonemas del véneto
italiano, cosa que provoca a veces fenómenos interesantes, como el
hecho de que algunos chipileños hablen un español venetizado
fonéticamente. Son cuatro los fonemas que existen en véneto y que no
encontramos en el español que se habla en México: /?/ (la z del
español castizo), /z/ (fricativa alveolar sonora o s sonora), y las
vocales cerradas: /é/ y /ó/. Mientras en español estas vocales son
simples alófonos, en véneto son fonemas . Por desgracia, el influjo
del español está empezando a ocasionar en algunos hablantes vénetos
la incompetencia para distinguir estos fonemas (sobre todo las dos
vocales cerradas é y ó). Asimismo, los ancianos chipileños distinguen
muy bien entre la oclusiva bilabial sonora /b/ y la fricativa
labiodental sonora /v/. En el español mexicano esta distinción ya no
se hace y parece que por influencia suya las nuevas generaciones de
vénetos chipileños no las distinguen.
Además del bilingüismo originado por la lengua véneta, existe otro
aspecto lingüístico: el español venetizado que hablan muchos
chipileños. Al ser el véneto la lengua materna de casi todos los
habitantes de Chipilo, a veces, cuando el chipileño habla en
castellano, toma préstamos lingüísticos inconscientes del véneto. La
entonación y algunos aspectos fonéticos propios de los chipileños
también se deben al uso del véneto. Hay aún chipileños que hablan en
castellano, pero piensan en véneto, así como también últimamente se
presenta el fenómeno inverso. Este español venetizado se convierte a
veces en motivo de escarnio por parte de quien escucha a un
chipileño. Sin embargo, en situaciones de lenguas en contacto, este
fenómeno es de lo más frecuente.
Aquí tenemos algunos ejemplos de español venetizado:
En véneto las oraciones negativas se construyen empleando doblemente
el adverbio negativo no.
No l é ñist no = no vino.
Entonces el chipileño suele negar del mismo modo en castellano:
No vino no.
Otro caso es el de las interjecciones (uno de los elementos más
enraizados en el hábito lingüístico de los hablantes).
¡Oyói! (interjección de desconcierto) = ¡Oyói! ¿Y ahora qué hacemos?
¡Orco! (interjección de enojo) = ¡Orco! ¡Fíjate en lo que haces!
¡Oh Dío! (interjección de sorpresa parecida a ¡Dios mío!) = ¡Oh Dío!
¿Qué te pasó?
A veces encontramos también el uso de verbos o incluso estructuras
gramaticales vénetas en el castellano de los chipileños. Un caso de
préstamo verbal:
Se inchucó = se atragantó.
La influencia del español es aplastante para el véneto chipileño,
pues día con día amenaza con desplazarlo. El poder desplazador del
español frente al véneto se explica gracias al prestigio lingüístico
que el castellano posee como lengua oficial e internacional. Sin
embargo, cabe señalar que el véneto posee también prestigio
lingüístico entre sus hablantes. No en balde se ha conservado por más
de un siglo en México, pero la cantidad de hablantes del castellano
avasalla al número de hablantes del véneto. Podría afirmarse,
entonces, que el prestigio lingüístico con el que el castellano
aventaja al véneto en opinión de los chipileños es de orden
principalmente cuantitativo, mientras que el prestigio del véneto
resulta cualitativo . Esta influencia se extiende desde la fonética
hasta el léxico y la morfosintaxis. Hay casos que parecen
irreversibles. Como sucede con el condicional si: en véneto chipileño
originalmente era se, pero ahora siempre se escucha si.
Es curioso el caso del pronombre en primera persona del plural ne, en
el cual algunos jóvenes chipileños han empezado a recurrir al
pronombre en español nos.
I ne á dit (nos dijeron)
I nos á dit (nos dijeron)
Los modismos del español de México también han entrado con fuerza en
el véneto chipileño. Las groserías del folclor mexicano son
frecuentes en véneto también. Más que un problema lingüístico, esto
refleja una integración mental a lo mexicano.
También es frecuente encontrar gente que entiende el véneto
tradicional, pero que al hablar recurre a préstamos del español. A
veces incluso hay personas que alternan un término en véneto con otro
en español.
Otro caso interesante es el del sustantivo apellido y el del verbo
apellidarse. En véneto no existía este concepto. Incluso en italiano
no existe algo parecido al verbo castellano apellidarse. En lugar de
preguntar en véneto ¿cómo te apellidas?, se preguntaba ¿cómo te
llamas? y eso significaba decir nombre y apellido. Pero dado que en
español se hace una distinción lingüística clara entre llamarse y
apellidarse, ahora lo más normal es escuchar:
Te ciámitu come?
(¿Cómo te llamas?) (sólo para nombre)
y
Te apellíditu come?
(¿cómo te apellidas?) (sólo para apellidos)
Fenómeno similar ocurrió con otras distinciones faltantes en véneto y
existentes en español, como en el caso de nieto y sobrino. Como en el
italiano nipote, en véneto neódo representan tanto el concepto de
nieto como el de sobrino, lo que ocurrió fue que se perdió primero la
acepción neódo que indicaba al sobrino -y se introdujo sobrino al
véneto- y después también cayó en desuso la que indicaba al nieto.
Otro caso de modificación por influencia de la lengua nacional es el
del ingreso del diminutivo, tan usado en el español que se habla en
México. El diminutivo del español mexicano parece tener la función
lingüística de suavizar el tono en peticiones, órdenes o sugerencias,
mientras que el diminutivo utilizado en véneto no proporciona del
todo esa impresión ni es usado con tanta abundancia. Observamos
entonces préstamos de palabras en diminutivo que, a pesar de existir
término correspondiente en véneto, se toman íntegras debido a la
imposibilidad de adaptar simplemente el diminutivo a la palabra
véneta. Ejemplo:
¿Utu agüita?
(¿Quieres agüita? en vez de ¿Utu acua ? (¿Quieres agua?)
La mayoría de los términos que han surgido de préstamos del español
eran, hasta hace poco, sustantivos y muchos de ellos neologismos. Es
decir, los préstamos se limitaban a aquellas palabras que los vénetos
chipileños no sabían en véneto o a aquellos conceptos que no existían
cuando todavía vivían en Italia. Se trataba de una españolización
puramente funcional. Pero ahora notamos que los préstamos son cada
vez más abundantes e innecesarios, ya que muchas veces existe término
véneto para expresar lo que se dice en español. Ahora el véneto
chipileño muestra préstamos en sustantivos, verbos, nexos y hasta en
algún pronombre. Esto podría deberse más a la inconsciencia
lingüística que a una decisión de funcionalidad.
Por lo que se refiere a la influencia véneta sobre el castellano,
ésta se ha circunscrito a los pueblos indígenas que rodean Chipilo:
existen indígenas que entienden o incluso hablan el véneto y hay
influencias lexicales en los nombres de ciertos instrumentos o
plantas y también en el uso de interjecciones. En la ciudad, la
influencia del véneto se limita a las familias donde hay un miembro
chipileño y tal influencia se da sobre todo en palabras de parentesco
con las que los niños aluden a sus abuelos vénetos (nono = abuelo).
Una de las características quizá más peculiares del véneto -y de toda
la cultura véneta de los chipileños- es la sensación inconsciente que
tienen sus usuarios en el sentido de que lo véneto-chipileño debe
vivirse y no compartirse. Es decir, el véneto será hablado por quien
tenga algún motivo inherente para hacerlo. Esto queda evidenciado si
analizamos los pocos casos de foráneos que intentan aprender el
véneto: ninguno de ellos muestra una competencia lingüística total en
cuanto al véneto chipileño. Y son justamente los mestizos los que
distorsionan paulatinamente la lengua materna de la comunidad. En
Chipilo, tras 120 años de fundación, no existen métodos escritos para
aprender véneto: es una lengua que debe aprenderse por vía oral,
vivencial, familiar. La lingüista italiana Patrizia Romani , afirma
que el factor más fuerte ante el desplazamiento del véneto con
respecto al castellano es el mestizaje, pues el único espacio de real
adquisición del véneto -el hogar- añadirá, a raíz del matrimonio
exogámico, un elemento castellanizante en el proceso de adquisición
del lenguaje del niño y restará un elemento de transmisión del
véneto. Igual ocurre con la convivencia social propia de la
comunidad: el trato como chipileño se le dará a quien precisamente
sea chipileño. Al ser una lengua étnica el véneto y, del mismo modo,
una cultura fuertemente étnica la chipileña, conforme se vayan
perdiendo los lazos sanguíneos se perderán también los rasgos
socioculturales que definen al habitante de esta población.
Influjo náhuatl en el véneto de chipilo
Los préstamos del náhuatl en el véneto se mantienen en el dominio de
los vocablos que sirven para designar conceptos u objetos de la
cultura indígena circundante. Los términos indígenas que se han más o
menos normalizado en el véneto fluctúan entre los 50 vocablos.
Resulta curioso notar que gran parte de los préstamos indígenas
dentro del véneto coinciden con los que existen en el español
estándar. Sin embargo, en algunos préstamos encontramos una
venetización recurrente: los vocablos indígenas que en español son
sustantivos masculinos, en véneto se convierten en sustantivos
femeninos. La explicación de este fenómeno se encuentra en el hecho
de que gran parte de los vocablos de origen indígena terminan en e
(como aguacate, chile, guarache) y otros, al pluralizarlos, recurren
también a e (como es el caso de nopal = nopales). Al terminar en e -o
es-, cuando los inmigrantes italianos escuchaban esas nuevas palabras
automáticamente las consideraban sustantivos femeninos porque el
plural femenino véneto -al igual que el italiano- termina en e.
Entonces cuando convertían en singular esos sustantivos indígenas,
los vénetos decían: aguacata, chila, guaracha, nopala. Han sido
encontrados 15 casos de feminización de sustantivos masculinos de
origen indígena en el véneto chipileño. Es factible pensar que tal
conversión se llevó a cabo durante los primeros tiempos de la
colonia, pero más tarde los vénetos habrán comprendido que se trataba
de palabras masculinas y los restantes préstamos entraron sin
venetización.
TRADICIONES
Las tradiciones chipileñas que surgen del legado cultural europeo son
numerosas, aunque algunas estén cayendo en el olvido, pues los
tiempos cambian. Algunas de las tradiciones chipileñas que subsisten
son las siguientes:
El Bondí Bondán (Buen día, Buen año): se trata de una tradición, al
parecer, nacida en suelo chipileño. El primero de enero de cada año,
grupos de niños y jóvenes salen muy temprano por las calles a cantar
casa por casa una breve canción en véneto con la que se les augura un
feliz año a todos los chipileños. Los adultos, entonces, sobre todo
las amas de casa, salen a regalarles dulces a los niños. La letra de
la canción es ésta:
Bondí bondán
Deme na bona (la vostra) man
Que stegue ben tut al ano
Prima par al ánema e dopo par al corpo
Últimamente se ha visto en los pueblos aledaños a Chipilo una
asimilación de esta tradición, pero sólo en parte. Los niños de los
pueblos que rodean Chipilo han incluso aprendido la canción del Bondí
Bondán en véneto (distorsionándola en muchos casos), pero la cantan
sólo en las casas chipileñas. Los adultos de sus comunidades no
asimilaron la función que les correspondía en esta tradición, es
decir, la de darles dulces a los niños de su comunidad.
Las bochas: se trata de un juego de hombres generalmente adultos. Es
parecido al boliche. Se juega generalmente cada domingo, temprano,
después de misa, en lugares destinados para tal propósito.
El Rigoleto: es un juego que se realiza cada domingo de Pascua.
Previamente varias familias pintan los huevos de Pascua, luego los
padrinos regalan a los ahijados un pañuelo que contiene algunos
huevos pintados y algún otro regalo y finalmente los niños se reúnen
en el zócalo de Chipilo para jugar con una teja por donde dejarán
caer cada huevo. Cada niño del grupo hace un tiro. El objetivo
consiste en que el huevo lanzado sobre la teja alcance al que otro
niño tiró previamente; si lo alcanza, el niño ganará dicho huevo.
Por lo que respecta a la tradición oral, en Chipilo existen
anécdotas, leyendas y relatos propios, algunos traídos desde Italia y
otros surgidos tras la emigración. La gran mayoría de los relatos y
leyendas chipileñas presentan tintes humorísticos y en varios de
ellos lo que se fomenta es la sagacidad, la vida en familia. En otros
se recurre al juego lingüístico. Muchos, también, están ligados a
elementos religiosos. A continuación presentamos algunas de las
leyendas, mitos e historias más conocidas.
El Mazharól : se trata de un personaje legendario en la tradición
véneta europea. Es una especie de duendecillo o diablillo vestido de
rojo, muy pequeño, que hace frecuentes travesuras entre las que
destaca la de entrar subrepticiamente a los establos por la noche
para cambiar de sitio los instrumentos de trabajo y amarrar entre sí
las colas del ganado.
Le luniere: se trata de unas supuestas bolas de fuego que de cuando
en cuando atacaban a la gente por la noche, estampándose en las
puertas de las casas dejando una marca.
I can de sboldríc (o perros destripadores): se refiere a unos perros
que volaban sobre las casas en las noches. En realidad parece
tratarse de patos silvestres que producen algo parecido a gruñidos
caninos. Sin embargo, en Chipilo esto se volvió un relato fantástico
al parecer inspirado en unos perros asesinos que cuidaban las villas
de los nobles en Italia y que eran entrenados para atacar a
quienquiera que se acercara. En Chipilo este relato se empleaba para
atemorizar a los niños obligándolos a dormir temprano.
La creencia del hundimiento del barco: se trata de un mito según el
cual el barco que trajo a México a los inmigrantes se hundió a los
pocos momentos de haber desembarcado sus pasajeros en Veracruz.
Existen documentos que prueban que dicho barco -llamado Atlántico-
siguió funcionando, pero lo interesante de esta creencia estriba en
que al parecer los inmigrantes crearon con ella una alegoría sobre la
imposibilidad del retorno a la madre patria, sobre el definitivo
hundimiento de Italia.
Dentro de la gastronomía típica, hay platillos hechos sobre todo a
base de maíz (como la polenta, que sirve de acompañamiento a modo de
pan), el pan de maíz, y otros alimentos hechos sobre todo a base de
vegetales, embutidos, lácteos y aderezados frecuentemente con vinagre
y especias. Cabe mencionar que por mucho tiempo la comida principal
de los chipileños fue la polenta. De hecho, en Italia polentón es un
sinónimo de véneto. El spaghetti, panzerotti y demás platillos
famosos de Italia no formaron realmente parte de la tradición
gastronómica chipileña. Hoy -como sucede también en Italia- la
polenta y demás comida característica de los vénetos pobres de antaño
se sirve como platillo festivo y ocasional.
En lo tocante a la tradición laboral, la situación ha sufrido tres
cambios principales: 1) Al emigrar, debido a las nuevas condiciones
climáticas, los antepasados de los chipileños se vieron forzados a
olvidar una de sus grandes tradiciones ocupacionales: la siembra de
la uva para hacer vino y la cría de gusanos de seda para tela. 2) Ya
establecida firmemente la colonia de Chipilo, predominó la ocupación
agropecuaria. 3) Hace más de diez años, sin embargo, se introdujo a
Chipilo la industria del mueble rústico que, al estar dirigida por
ideologías ajenas a la comunidad, modificó muchos aspectos culturales
en ella. Esta oleada de cambios sigue vigente y amenaza con ir
fragmentando cada vez más la dinámica social de la población.
La tradición arquitectónica véneta ha sido notada en la construcción
de las primeras casas, en la de la iglesia, el panteón y en la
estructura misma del pueblo. Sartor y Ursini señalan varios
elementos arquitectónicos típicos del Véneto encontrados en Chipilo.
El uso de la teja, el techo a dos aguas, las ventanas escasas y
alargadas verticalmente, la comunicación entre la cocina y el
establo, fueron elementos frecuentes durante los primeros años de la
colonia. La cocina, por cierto, es el espacio de la convivencia
familiar, donde todos concurren y donde además son recibidas las
visitas.
La iglesia con una sola torre, sobria en sus adornos y colorido,
también es comentada como una manifestación de la ideología
arquitectónica véneta. El cementerio de Chipilo y sobre todo su parte
más antigua, ha sido analizada por estudiantes de semiótica del
Tecnológico de Monterrey. El doctor en semiótica, Alfredo Cid Jurado,
ha visitado los cementerios de las poblaciones en las que nacieron
los antepasados de los chipileños y ha afirmado que existen
semejanzas arquitectónicas sorprendentes entre ambos. El panteón de
Chipilo está construido en niveles descendentes, tras el cerro de la
población. No debe haber sido casual la elección del lugar en que los
primeros chipileños decidieron construirlo.
Puede que los italianos fundadores de Chipilo, al provenir de
regiones muy montañosas, hayan decidido trazar su pueblo tomando como
baluarte el pequeño cerro llamado Monte Grappa (al igual que el
Grappa que se yergue en el Véneto). Hay quienes comentan que el
Grappa de Chipilo y la iglesia dan la impresión de estar colocados
frente al pueblo. De hecho, se dice que los primeros pobladores de
Chipilo querían construir sus casas lo más cerca posible de ese cerro
y de la iglesia. Otro aspecto comentado es el de que el pueblo no
esté dividido por manzanas, como es típico en otras comunidades
mexicanas.
IDENTIDAD Y COSTUMBRES
Una de las costumbres más características de los chipileños es la
disciplina laboral. Trabajar los siete días de la semana, mañanas y
tardes, desde muy temprano. Sin embargo, esto ha venido cambiando
últimamente debido a las nuevas dinámicas laborales traídas a la
población por la industria del mueble.
Otra característica en los chipileños es la tendencia a los
localismos. La convivencia por muchos años se restringió al hogar, a
los amigos que viven en la misma comunidad. Así como para los
antepasados de los chipileños su mundo estaba constituido por las
comunidades dejadas en Italia, el mundo de los chipileños actuales
comienza justamente en Chipilo. Este rasgo es importante porque
revela que la cultura del chipileño es predominantemente local, de
conocidos o parientes (hay, por ejemplo, una frecuente recurrencia a
los apodos). En Chipilo, por ejemplo, hay expresiones, gestos, tonos
y actitudes que sólo pueden ser manifestadas y comprendidas entre
chipileños (como por ejemplo la brusquedad en el trato, que puede
molestar a los foráneos mientras que para el chipileño resulta
familiar).
Otra cosa destacable es el carácter apolítico de la comunidad. Entre
las condiciones que el gobierno mexicano ponía a los inmigrantes
italianos figuraba la de ser gente con arraigo a la tierra que
cultivaban (curiosa condición, cuando lo que se planeaba era sacarlos
de su país) y que fueran apolíticos.
Otros rasgos característicos que conforman la identidad chipileña
son: la tendencia al ahorro, el carácter poco festivo de la
población, la limpieza en el hogar, el tono alto al hablar, la
parquedad en el adorno, el orgullo por el origen, el sentido de la
practicidad, el respeto por los antepasados, el amor por lo que da la
tierra y la naturaleza, la predilección por lo concreto sobre lo
abstracto, la sencillez en el vestir.
Pero si se ha de resumir en tres aspectos la identidad del chipileño,
podríamos decir que en esta comunidad se vive de lo cotidiano (lo
local, lo natural, trabajar siete días a la semana), se impulsan
productos de primera necesidad (alimentos, sobre todo lácteos) y lo
cultural está enclavado siempre en lo étnico (la lengua de los
antepasados, la ideología de los ancestros).
Hay que subrayar que lo peculiar en la conservación de esta identidad
es que, no obstante la lejanía con la cultura de origen y a la vez la
cercanía con la capital poblana y algunas otras ciudades, los rasgos
distintivos del chipileño permanecen vigentes en muchos de sus
aspectos.
RELIGIÓN
La comunidad de Chipilo es profundamente religiosa. El catolicismo
predomina, aunque en últimos tiempos se han empezado a observar
brotes de religiones distintas. Lo cierto es que Chipilo, desde sus
antepasados en Italia, trae consigo una fuerte tradición católica.
La devoción por los santos y la virgen tiene un tinte diferente en
Chipilo con respecto a otras zonas de México. La patrona de la
comunidad es la Virgen de la Purísima Concepción; también hay muchos
devotos de María Auxiliadora (aunque ahora, debido a que el sacerdote
es foráneo, hay una Guadalupana en el frente de la iglesia). Existen
otros santos de muy conocida tradicón en la comunidad como San
Antonio de Padua, llamado Santantoni, muchas veces invocado para
sanar al ganado de las enfermedades; Santa Gemma Galgani, santa
italiana de los afligidos, muerta a los 25 años en 1903 tras haber
sufrido varios estigmas y canonizada en 1940, de la que hay una
imagen en la iglesia; y San Giovanni Bosco, dado a conocer sobre todo
por las religiosas salesianas del colegio Unión de Chipilo.
Una manifestación religiosa de la orientación laboral de los
chipileños puede hallarse en la imagen de San Isidro Labrador con sus
instrumentos agrícolas en actitud de plegaria y a su lado un ángel
que mira dos bueyes y un arado. Esta imagen también se encuentra en
la iglesia del pueblo.
Religión e ideología se mezclan en los chipileños y es debido a esto
que aún en la población no han entrado costumbres como la del día de
muertos a la mexicana. Para el chipileño recordar la muerte es
vestirse de luto, ir a misa, llevar a las tumbas flores de color
discreto. El chipileño aún no asimila la relación entre muerte y
fiesta característica en la ideología del pueblo mexicano.
CONFLICTOS INTERCULTURALES
Es muy extendida entre quienes rodean a los chipileños la costumbre
de considerarlos racistas por el hecho de que exista en la comunidad
un orgullo racial y un deseo por preservar los rasgos que definen a
los chipileños como tal.
Si bien es verdad que en los chipileños puede haber racismo, también
es cierto que en muchos foráneos existe un autorracismo que se
manifiesta en la valoración que reciben los pobladores de Chipilo por
ser güeros, así como también la creencia generalizada de que los
chipileños son gente vanidosa y agresiva; es una muestra de lo que
ocurre cuando chocan las culturas.
Algunos ejemplos de calificativos denigrantes que emplean los
foráneos para referirse a los chipileños son: italindios,
chipilindios, italianos chafa, indios güeros. Como observamos, el
común denominador en tales calificativos es el confrontamiento del
elemento extranjero con el elemento indígena. Es decir, en la
ideología del mexicano no es posible la convivencia entre lo blanco y
aquello que está relacionado con el campo. En el estereotipo mexicano
sobre las etnias blancas siempre está incluido lo estético, lo
económico y lo urbano. Al ver a un güero trabajando en el campo o
entre vacas, el estereotipo mexicano se confunde y aflora entonces la
palabra indio con intenciones ofensivas.
Frecuentemente al chipileño le es negado su derecho a las raíces
étnicas vénetas o italianas y como argumento se recurre al hecho de
que los chipileños han nacido ya en México y deben aguantarse o que
por haber nacido aquí son más mexicanos que el nopal. Es obvio que en
tales comentarios se percibe intolerancia a la diversidad étnica.
Sobre el tema del autorracismo y su negación han hablado diferentes
pensadores . Incluso el mero hecho de la existencia de los italianos
en Chipilo y otros extranjeros en diferentes comunidades mexicanas
gracias a las políticas de colonización podrían tener sustento
racísta, como lo denuncia José Agustín Ortiz Pinchetti:
Durante el porfiriato nadie negaba la subsistencia de una estructura
racial, la herencia de la colonia, y México estaba empeñado en
superarla para ‘blanquearse’. De ahí la idea de imponer colonos=
europeos.
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
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nº. 16, 2000, pp. 14-23.
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- Celia Constantini de Facinetto, Centenario de Chipilo, 1882-1982,
México, edición de autor, 1982.
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autor, México, 1982; Los cuah’tatarame de Chipíloc, México, Edición
de autor, 1998; Chipilo, 120 aniversario, México, Edición de autor,
2002.
- Franco Savarino, “Bajo el signo de Littorio: la comunidad italiana =
en México y el fascismo (1924-1941)” en Revista Mexicana de
Sociología, abril-Junio del 2002, pp. 113-139.
- Mario Sartor y Flavio Ursini, Cent’anni di emigrazione: una
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Italia, Ciscra edizioni, 2000; Gaetano Berutto, La sociolingüística,
México, Nueva imagen, 1977; Giuseppe Boerio, Dizionario del dialetto
veneziano, Italia, Premiata Tipografia di Giovanni Cecchini Edit,
1856.
- Del véneto provienen algunas palabras usadas en el italiano oficial
y, de hecho, la palabra ciao —conocida internacionalmente— es d=
e
origen véneto. Ciao proviene de un antiguo saludo véneto que
significaba “esclavo vuestro” (s-ciavo vostro), “estoy a =
vuestras
órdenes”. Este saludo fue simplificándose con el paso del tiempo
hasta convertirse en s-ciao (esclavo) y, finalmente, en ciao.
- El italiano oficial es también —como el véneto— un dialecto s=
urgido
del latín popular. El dialecto toscano es ahora lengua oficial de
Italia gracias a factores de orden sociopolítico, pero no por causas
meramente lingüísticas. De hecho el italiano posee vocablos de origen
véneto (sin ir más lejos, el famoso ciao) y existe también un
italiano hablado recurriendo a venetismos.
- Es decir, distinguen palabras en su significado según se emplee
vocal abierta o cerrada. Es el caso de pel (con e abierta) = “piel.=
221; y
pel (con e cerrada) = “pelo”.
- Un estudio basado en encuestas a chipileños arrojó el resultado de
que las razones por las que un chipileño quiere hablar español
responden a la conveniencia de la comunicación con los foráneos, a la
necesidad de usarlo para estudiar, etc., mientras que los motivos de
gusto por el véneto se refieren a lo emotivo, a lo estético, al hecho
de tratarse de la lengua materna y aun se argumentaron motivos
defensivos.
- Acueta —es decir, el diminutivo de acua— sonaría un tanto inu=
sual
en opinión de un chipileño: de ahí que algunos hablantes prefieran
tomar el préstamo agüita.
- Patrizia Romani, Conservación del idioma en una comunidad italo-
mexicana, México, INAH Serie Lingüística, 1992.
- Para todo lo relacionado con el influjo del náhuatl sobre el véneto
y en específico lo relativo a la feminización de los sustantivos de
origen indígena que entraron al véneto, véase Rosa María Couto Ríos y
Eduardo Montagner Anguiano, Influencia del náhuatl en el véneto de
Chipilo, Trabajo de investigación presentado para la Licenciatura en
Lingüística y Literatura Hispánica de la BUAP, 2001.
- Hay otras versiones. Una de las más conocidas es en la que este
verso se cambia por Gue yure an bon capo de ano. La traducción de la
versión más difundida es ésta: “Buenos días, buen año / deme una
buena (su) mano / que esté(n) bien todo el año / primero espiritual y
después físicamente”. En la versión aquí escrita se ha castellanizado=
la grafía del véneto.
- Usamos “zh” para indicar la z pronunciada a la española que e=
n
fonética se transcribe frecuentemente con el símbolo ?.
- “El mexicano no quiere ser ni indio ni español. Tampoco quiere
descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo
sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él
empieza en sí mismo.” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad,
México, FCE, 1994, pág. 96.
- ''En México se practica un racismo soterrado, no reconocido, que se
esconde y no tiene nombre, porque oficialmente no existe. Los
mexicanos no somos racistas, somos clasistas, en el mejor de los
casos. Más allá de todo adjetivo, es un problema general que tiene
que ver con no aceptar la diversidad. El racismo surge de la idea de
necesitar aniquilar al otro porque representa un estorbo, y se
encuentran causas basadas principalmente en lo racial para hacerlo.
Sin embargo, hemos desarrollado como sociedad una diversidad de
formas de exclusión a las que no llamamos racismo: se excluye por ser
viejo, joven, rico, pobre, moreno, güerito, por poseer determinada
cultura o por profesar equis religión. Ya no sólo es la raza. Cuando
alguien trata de imponerse a otro, debe encontrar distintas formas
para hacerlo sentir inferior y despreciar lo que es:"Esther Kravzov
Appel, “Kravzov: Indispensable aceptar que persiste el racismo en
México” en La Jornada Nacional, 12 de noviembre de 2002. Consultable =
también en internet. Esther Kravzov Appel es especialista del Centro
de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de
la UNAM, y coordinó el Coloquio Mundial Racismo y Mestizaje.
- José Agustín Ortiz Pinchetti, “Nuestro racismo: afrontarlo para
superarlo” en La Jornada Nacional, 19 de abril de 1998. Consultable
en internet.
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